
“¡Mamá, despiértate, despiértate, por favor!”. Estos fueron los desgarradores gritos de una joven pisqueña que, entre las decenas de cadáveres que se acumularon en la Plaza de Pisco, reconoció a su mamá, que falleció cuando su vivienda se derrumbó sobre ella. Estas escenas de dolor y desesperación se repitieron a lo largo de la jornada en la devastada ciudad. En tanto, los pobladores y equipos de rescate hacían sus máximos esfuerzos para recuperar los cuerpos entre los escombros.
El violento terremoto llegó a esa ciudad sureña de manera tan intempestiva que la mayoría de las víctimas mortales no tuvo la oportunidad de llegar a la puerta de sus viviendas para ponerse a buen recaudo en las calles.
Los sentimientos de desesperación y angustia entre los habitantes fueron tan intensos que –en algunos casos– confundían a sus seres queridos con algunos de los cadáveres. “Llama a mi hermano, aquí está mi papá”, exclamó un poblador que –entre un llanto desgarrador– comenzó a abrazar el cuerpo de quien creyó era su progenitor. Sin embargo, y para sorpresa de muchos de los presentes, su hermano respondió al llamado y le dijo: “Oye, nuestro papá está aquí, a mi lado”. El dolor reflejado en su rostro cambió a un alivio que lamentablemente cientos de familias no tuvieron la suerte de experimentar.
Los pisqueños lloraban y gritaban. Todos sentían el dolor ante la pérdida de sus padres, hijos, amigos y vecinos, algunos de ellos aún enterrados bajo los escombros de sus propios inmuebles.
Otro caso conmovedor. Una niña de aproximadamente nueve años fue rescatada con vida, aunque con heridas graves, de su vivienda totalmente destruida. Los paramédicos, notablemente consternados, intentaban salvarle la vida. “¡Vamos, mi amor, no te rindas!”, le dijo uno de ellos. La menor fue evacuada a Lima y hasta ahora no se sabe cuál es su suerte...
Iván Munayco
Enviado Especial
“¡Mamá, despiértate, despiértate, por favor!”. Estos fueron los desgarradores gritos de una joven pisqueña que, entre las decenas de cadáveres que se acumularon en la Plaza de Pisco, reconoció a su mamá, que falleció cuando su vivienda se derrumbó sobre ella. Estas escenas de dolor y desesperación se repitieron a lo largo de la jornada en la devastada ciudad. En tanto, los pobladores y equipos de rescate hacían sus máximos esfuerzos para recuperar los cuerpos entre los escombros.
El violento terremoto llegó a esa ciudad sureña de manera tan intempestiva que la mayoría de las víctimas mortales no tuvo la oportunidad de llegar a la puerta de sus viviendas para ponerse a buen recaudo en las calles.
Los sentimientos de desesperación y angustia entre los habitantes fueron tan intensos que –en algunos casos– confundían a sus seres queridos con algunos de los cadáveres. “Llama a mi hermano, aquí está mi papá”, exclamó un poblador que –entre un llanto desgarrador– comenzó a abrazar el cuerpo de quien creyó era su progenitor. Sin embargo, y para sorpresa de muchos de los presentes, su hermano respondió al llamado y le dijo: “Oye, nuestro papá está aquí, a mi lado”. El dolor reflejado en su rostro cambió a un alivio que lamentablemente cientos de familias no tuvieron la suerte de experimentar.
Los pisqueños lloraban y gritaban. Todos sentían el dolor ante la pérdida de sus padres, hijos, amigos y vecinos, algunos de ellos aún enterrados bajo los escombros de sus propios inmuebles.
Otro caso conmovedor. Una niña de aproximadamente nueve años fue rescatada con vida, aunque con heridas graves, de su vivienda totalmente destruida. Los paramédicos, notablemente consternados, intentaban salvarle la vida. “¡Vamos, mi amor, no te rindas!”, le dijo uno de ellos. La menor fue evacuada a Lima y hasta ahora no se sabe cuál es su suerte...
Iván Munayco
Enviado Especial
“¡Mamá, despiértate, despiértate, por favor!”. Estos fueron los desgarradores gritos de una joven pisqueña que, entre las decenas de cadáveres que se acumularon en la Plaza de Pisco, reconoció a su mamá, que falleció cuando su vivienda se derrumbó sobre ella. Estas escenas de dolor y desesperación se repitieron a lo largo de la jornada en la devastada ciudad. En tanto, los pobladores y equipos de rescate hacían sus máximos esfuerzos para recuperar los cuerpos entre los escombros.
El violento terremoto llegó a esa ciudad sureña de manera tan intempestiva que la mayoría de las víctimas mortales no tuvo la oportunidad de llegar a la puerta de sus viviendas para ponerse a buen recaudo en las calles.
Los sentimientos de desesperación y angustia entre los habitantes fueron tan intensos que –en algunos casos– confundían a sus seres queridos con algunos de los cadáveres. “Llama a mi hermano, aquí está mi papá”, exclamó un poblador que –entre un llanto desgarrador– comenzó a abrazar el cuerpo de quien creyó era su progenitor. Sin embargo, y para sorpresa de muchos de los presentes, su hermano respondió al llamado y le dijo: “Oye, nuestro papá está aquí, a mi lado”. El dolor reflejado en su rostro cambió a un alivio que lamentablemente cientos de familias no tuvieron la suerte de experimentar.
Los pisqueños lloraban y gritaban. Todos sentían el dolor ante la pérdida de sus padres, hijos, amigos y vecinos, algunos de ellos aún enterrados bajo los escombros de sus propios inmuebles.
Otro caso conmovedor. Una niña de aproximadamente nueve años fue rescatada con vida, aunque con heridas graves, de su vivienda totalmente destruida. Los paramédicos, notablemente consternados, intentaban salvarle la vida. “¡Vamos, mi amor, no te rindas!”, le dijo uno de ellos. La menor fue evacuada a Lima y hasta ahora no se sabe cuál es su suerte...
Cortesia del diario Correo Peru
www.correoperu.com.pe